JAIME MIRANDA
     





 CUENTO ESCRITO CON UNA CUCHARADA DE FLORIPONDIO





por





Jaime Miranda Bambarén



















Dedicado a mi amigo Erasmo Wong Seaone






























"The madness has to find

somewhere to run wild."


Iain Sinclair



El gran empresario


Entró de golpe a la oficina. Retiró el habano de sus labios y exhaló con emoción levantando las comisuras. -¡Los rusos pondrán el aumento de capital!-.  Volvió a dar una bocanada y con la mano izquierda se apoyó sobre el cráneo, mientras lo palmoteaba haciendo sonar su aro de oro contra el crudo hueso.  Amadeo rió de placer.  Era el sonido de un éxito generoso, y en ese desborde brillaba su lucidez. 


La oficina funcionaba con estética de cuartel.  Los altos mandos portaban sacos vintage del ejército estadounidense de la Segunda Guerra Mundial.  El puro era una constante en las celebraciones. Churchill, Fidel y Patton ganaron sus batallas. Y todos tenían algo en común.  "El puro trae buena suerte", se repetía en los pasillos como un rezo. Pero no sólo eso, se procuraba fumar habano, aquel puro producido en Cuba con denominación de origen.  Se pretendía así, como en una especie de Cargo Cult, absorber la magia, el carisma digamos, de Fidel.  Todos odiaban a los comunistas y es así que debían metabolizarlos, canibalizar a sus enemigos.


Al lado del clásico mueble republicano en donde se contenía el surtidor de tabacos, sobre una estructura de granito negro, se lucía un mítico retrato de José Carlos Mariátegui. Habían mandado los moldes a Madrid, a la fundición Ponce, en donde hicieron la poesía en el bronce de una pátina marrón estupenda y elegante.  Parecía un héroe de la aristocracia, casi un miembro emérito del Club Nacional.  Esta excentricidad no provenía de imposturas, sino de una suma de cultura, intensidad y entusiasmo. 


Se congregaron en el directorio, era domingo.  Amadeo, agitando un lingote de oro con las dos manos, comenzó así su discurso, casi con un murmullo:


-Es una cuestión estadística. 


Luego, gritando, escupió:


-Estos marranos de mierda, mediocres, me pueden chupar el huevo. No entienden nada de la naturaleza humana. Patton tenía razón, debieron continuar desde Europa e invadir la Unión Soviética, nos hubiéramos evitado todo esto. Porque esos sociólogos que fantasean sobre la economía...  esos ingenieros de almas, burócratas del espíritu, asesinan a la creación.  En cambio (y miró a todos con severidad, sin parpadear), la esencia de nuestro imperio, que se propulsa con la expansión y la conquista... es el genio de nuestros espíritus que se alimenta de la colonización.  Somos como un virus que subsiste con su propagación. ¡Megalomanía, ahora! ¡He dicho, carajo!


Todos respondieron con risas de euforia.  Sobreentendido estaba que la sinergia de intereses era el leitmotiv del desarrollo económico -y de la grandeza de espíritu- en el sentido más profundamente altruista por la erradicación total de la pobreza en el Perú.



La primera vez


La primera experiencia sexual de un ser humano marca un camino muchas veces ungido con el trauma.  Y este debía ser el caso de Amadeo.  Tenía doce años y en un burdel de Iquitos consumó aquella angustia para el recuerdo. 


Se desprendió del grupo de amigos con los que viajaba.  El calor en la plaza de armas lo armó de valor y lo armó en el pantalón.  Tomó una mototaxi.


-¿Cuánto al chongo?-, preguntó.


-Dos soles- respondió en un acento de canto el entusiasta chofer. "Hace calor, hay que mojar mono", pensaba en voz alta, y en sus murmullos continuaba aquella melodía charapa. 


Amadeo llegó a una zona de chacras en las afueras de la ciudad.  Era una calle vacía con un foco rojo en la puerta que transformaba las palmeras con un halo de misterio.  Pagó la entrada, otros dos soles.  Le dieron un pequeño ticket parecido a los del colectivo de transporte. 


Al ingresar sintió olor a ruda.  Al lado derecho encontró un bar con un gordo sudoroso. Sobre el mostrador, cervezas calientes. Había llegado temprano. El hombre que trapeaba con un balde de lejía lo animó, le dijo que sería el primero de la noche. Y que los choros estaban frescos. "Como recién traídos del muelle", indicó, escurriendo el trapo.


Amadeo se emocionó con la iluminación roja y el olor a ruda.  Le generaba cierta adrenalina.    Miró los veinticinco soles en su billetera.  Un billete de veinte y una moneda de cinco.  Los apretó fuerte en su mano.  Decidió entrar a la zona del pasadizo.  Atravesó una cortina formada por conchas de mar.  Vio entonces un corredor de paredes rosadas con suelo de tierra y un cielo estrellado. Una acequia corría en paralelo a unos treinta metros.  A cada lado decenas de pequeñas puertas de triplay que se abrieron y salieron sus promesas de placer.  Eran todas mujeres en sostén y calzón.  Todas le sonreían.  "Te voy a enseñar a sopear".  "Ven para acá, te apuesto a que no sabes hacer el amor".  "Servicio completo, papito"...


Amadeo sentía un terror profundo. Decidió entrar sin pensarlo a la primera habitación.  Casi ni miró a su elección.  Ella sacó una batea y una jarra de plástico. Le lavó el miembro con destreza.  Y de una caja, que parecía ser una donación del Ministerio de Salud, sacó un preservativo que le puso con la boca.  Se echó boca arriba en la cama y le dijo que se apure, que tenía una sorpresa.  Cuando Amadeo encajó su púber pene dentro, ella suspirando dijo:


-Hijo, sal ya.


Como en una novela de Arguedas, emergió del armario un muchacho con retardo y se puso detrás de Amadeo para intentar penetrarlo. Amadeo saltó de la cama y corrió fuera de la habitación, fuera del chongo, agarró al vuelo una mototaxi. Y calló para siempre.


El lunes comenzaban las clases en el colegio.  La experiencia lo atormentaba, no lo dejaba tranquilo. Tenía malas notas, terrible conducta, agredía a sus compañeros. Esa escena le invadía en cada momento de silencio y lo llenaba de ira. Como una obsesión salida de una película de terror. ¿Cómo superaría aquel escalofrío? Guardó el secreto varios años.  Y con ese trauma, aprendió a silenciar otros tormentos en su corazón. Cada recuerdo se acumulaba en sus vísceras, ahí los sentía.


Era miedo. 


Algo después Amadeo decidió incursionar en las drogas.  Desde ese momento perdió sentido de la realidad. Los objetos le hablaban y el médico le dijo a su madre que era una crisis psicótica. Lo medicaron. Los fármacos calmaron las alucinaciones pero aumentaron su libido a niveles monstruosos. Cada vez que tenía algo de dinero lo gastaba en putas o de lo contrario se montaba a sus mascotas. Su vida se había vuelto un infierno de adicción sexual. Era una vida llena de fantasías y deseos compulsivos inevitables. Cogía perros de la calle y los llevaba a su cuarto. Luego los asfixiaba y, en la noche, cuando su familia dormía, los enterraba en el jardín vecino. Así pasaron los años de su adolescencia.


Un día le pidió al fin a su médico la receta de algo que baje el deseo sexual, pero con una dosis que aún permita erecciones para poder disfrutar como una persona promedio.  Y así fue.


Desde entonces Amadeo podía estudiar. Y mejor aún. Lograba aplicarse más que un hombre normal. Casi no pensaba en sexo.  Esto le concedió superpoderes. El don de la concentración, para comenzar, y una enorme capacidad de análisis y energía.  Comenzó a leer sobre la bolsa de valores, inversiones, finanzas.  Aprendía de manera autodidacta y consultando a los patriarcas de su familia. A los veinticinco años ya tenía una pequeña fortuna.  Podría retirarse y vivir de sus rentas con bastante holgura. Pero creció en él un enorme deseo de compartir esta capacidad por generar riqueza. Anhelaba que todos pudiesen ser prósperos alrededor suyo.  




Culpas por virtud


Hubo un segundo trauma importante en su vida. Un complejo que se le enquistó con tan sólo escuchar una conversación entre un famoso periodista, que vivía en su cuadra, y el jardinero municipal.


Era madrugada. Lloviznaba y Amadeo salió a su balcón para apreciar la garúa.  Desde allí vio y escuchó a Florencio, el jardinero, llorar frente a aquel reportero. Éste anotaba en su libreta y repetía el testimonio. Asentía sorprendido. Florencio, había sido acusado por el fiscal de violar y asesinar quince perros encontrados en una fosa común. Los huesos de can extrañamente mezclados con zapatos de taco y faldas de mujer fueron encontrados durante la excavación para una piscina. El caso fue televisado.


El periodista era amigo del acusado. Intentaba buscar alguna salida y plantear su inocencia. Pero en el noticiero del día siguiente apareció Florencio esposado y abucheado por el vecindario. Se lo veía vencido, resignado ante la injusticia peruana.  Terminó preso siete años.


Desde entonces Amadeo vivía el tormento adicional de que sus pecados pasados los pagara un hombre inocente. Un hombre humilde, con nueve hijos que alimentar. Sabía que aquella atrocidad lo perseguiría siempre. Debía transformar sus culpas en virtud. Decidió entonces volverse minero y erradicar la pobreza del país.  "Es una cuestión de estadística", se repetía aquella mañana zamaqueando el lingote dorado frente a los eufóricos miembros del directorio. 


La empresa había crecido a ritmo de batalla. La capacidad de concentración del dueño era el don magnánimo con que la psiquiatría le había otorgado en fármacos lo que los monjes tibetanos logran tras décadas de ascesis y reclusión.


En el otro extremo de la mesa se sentaba Erasmo, un exconvicto con un prontuario envidiable en el mundo del hampa. Una estrella en diversos penales, había ejercido de sicario para la coalición entre Sendero Luminoso y los narcos en el Huallaga.  Pero nunca había probado droga alguna. "Eso debilita el carácter", solía insistir. Erasmo se servía un pedazo de sandía con su cuchillo recién traído de sus vacaciones a Miami. Era un arma original del ejército israelí que ahora usaba sólo para comer fruta en el directorio.  Su función en la empresa era el trabajo sucio.  Era el autor intelectual. Tenía una red de contactos del bajo mundo y un sistema de mensajería cifrada en la Dark Web que conectaba con un callejón en el famoso barrio de los Barracones de El Callao. Eran quinceañeros, habilidosos en las redes, que cobraban en criptomonedas la miseria de ciento cincuenta soles por eliminar a algún enemigo. Siempre sujetos del submundo.


"Es una limpieza moral", reflexionaba Erasmo.  Su guía eran las sagradas escrituras y procuraba juzgar de acuerdo a lo que había aprendido en ella. Creía hacer lo correcto, lo justo, lo mejor para la humanidad. Su devoción había comenzado en uno de los penales de máxima seguridad. Pasó desde los veintiuno a los treintiocho años en un calabozo en aislamiento total. El director del presidio decidió que a esta alma perdida le correspondía sólo leer un libro, y éste sería la biblia.  Había memorizado capítulos enteros, la leyó centenares de veces de comienzo a fin y sus interpretaciones eran de una articulación sorprendente. Había absorbido cada una de esas palabras y ellas eran parte de su maquinaria operativa. Toda esta avalancha de información se engranó a su vida anterior de asesino, dando por resultado el moralista desquiciado que encarnaba.


Mordió una porción gigante de jugosa sandía y escupió una de las pepas.  -El presidente merece morir-, gritó.  -¡Debemos tomar el poder, Amadeo!-.


Victoria expiró con desprecio y blanqueó los ojos. -Pfff-. Se miró las uñas y luego acarició a su perro faldero que le babeaba las tetas postizas. Soltó a la mascota, se paró sacudiéndose la falda y secándose el pecho con un pañuelo miró a Erasmo con superioridad.


-Pobre enfermo- balbuceó, mientras sacaba un habano de la cartera y se paraba junto a la ventana.


Amadeo contempló a la peluda criatura, su apretado vestido, y recordó su pasado. Pero eso ya no lo agobiaba. Lo alentaba, más bien, a crear aún más liderazgo. Coqueteó al pequeño animal y lo cargó entre sus brazos, sintiendo una muy ligera pero controlable erección. Mirando el cuchillo, regañó:


-A ver, ¿qué mierda estás hablando?.


-¡Debemos desaparecerlo- exclamó Erasmo con entusiasmo renovado y presentó su biblia.  Era un ejemplar sorprendente, lleno de minúsculas anotaciones de diversos colores, con hojas post it de variados colores también obtenidas de su viaje a Miami. Habían diagramas y reflexiones de todo tipo. Era como si de cada frase suelta del libro sagrado hubiese derivado una reflexión aislada, sin tener en consideración la frase contigua, menos aún el sentido de la oración completa.


-Lo tengo todo arreglado.  Sucederá esta madrugada.  Y nosotros, los presentes, somos los únicos al tanto de lo que ocurrirá-.


Sintió cómo lo observaban, consternados.


-¡Somos cómplices, hermanos de sangre!-, dijo, jadeante. Y extrajo aún más anotaciones, desenvolviendo también un plano sobre la mesa, emocionado.


-¡Éste es el plan para tomar el poder!-. Lentamente, tomó una foto panorámica del directorio con su celular y la subió al perfil de su Facebook. Todas las caras expresaban una pregunta: "¿Por qué mierda hemos incluido a esta mierda en la empresa?".


Amadeo agarró la sandía, muy nervioso, la partió con sus manos y le dio un trozo al animal. Como si en ese trivial favor a la criatura estuviera aplacando al menos un poco su conciencia. "Por todos los perritos", masculló. El cachorro lamió su mano y devoró la fresca fruta. Ahora todos estaban implicados, pero nada lo salvaría del asesinato de un presidente, "sólo la obtención de más poder", concluyó. 




Palacio de Gobierno


Amadeo era Presidente. La estrategia de Erasmo funcionó. Lo primero que hicieron fue reestablecer el monumento ecuestre del fundador de Lima, del conquistador de los Incas, Francisco Pizarro. Pero no en el lugar de donde un alcalde despistado lo había retirado, al lado de Palacio de Gobierno, sino en el centro de la Plaza de Armas. Retiraron la pileta histórica y ahí lo anclaron. "Un hombre que encarnó el espíritu de su tiempo", sentenció Amadeo el día de la controvertida inauguración. Al interior de Palacio, acompañaron al retrato de Túpac Amaru con un óleo retrato de George Patton.


La primera medida del nuevo régimen fue el Plan Maestro De Titulación De Cada Centímetro Cuadrado Del País, sin excepción, en el plazo perentorio de un año. Todas esas tierras inscritas servirían de palanca financiera para la creación de millones de empresas. Y, en particular, de la empresa privada de cobre y oro ecológico. Un sistema preciso de minería y concentración de mineral con procesos no contaminantes al cien por ciento. Se propiciaría, además, la inversión privada en una nueva industria de la cal y del cemento ecológicos en hornos de aprovechamiento del dióxido de carbono para la agricultura. 


"Los agitadores antimineros, que dicen ser ecologistas, no tendrán argumento", pensó Amadeo.  Y así fue.  En cuatro años el país era una potencia mundial. Se entregaba el sueldo universal de dos mil dólares mensuales con el solo requisito de poseer un DNI peruano. La población en su mayoría ya casi no trabajaba, su principal interés era el de la cultura. La actividad literaria crecía exponencialmente. El peruano se convertía así en un hombre de ocio cada día más culto y educado, respetuoso con su prójimo. 


El teléfono despertó de su sueño a Amadeo.  Era Victoria.


-Asesinaron al presidente-, le dijo.


Él colgó, abruptamente.


Casi de inmediato sonó insistente el timbre de la casa. El mayordomo hizo pasar a Erasmo al escritorio. Amadeo se puso la bata y bajó las escaleras con sus piernas aún entumecidas. Eran las seis de la mañana. Encontró a Erasmo agitado, orando arrodillado sobre la alfombra persa, frente a los miles de libros de la biblioteca de la casa.


-Cuanto más libros se leen menos peligrosos resultan- aleccionó Amadeo a su socio mientras acariciaba la sección antigua con cubierta de cuero.


Casi como en un reflejo autómata, Erasmo se metió ambas manos a la boca, como engullendo sus dedos, en un gesto monstruoso de culpa monástica. Sacó su cuchillo preferido y cortó su propia lengua y la metió al centro de su biblia. Intentó cerrarla por completo, pero no le era posible por el volumen de la carne viscosa.  Se sacó entonces la correa del pantalón e hizo un lazo estrangulando las dos tapas del sagrado objeto. Con sus dedos ensangrentados buscó la sección de mármol blanco del suelo.  Ahí dibujó una especie de versículo bíblico, mientras  Amadeo, que había llamado a la emergencia psiquiátrica, esperaba en el jardín caminando ansioso en círculos. Llegaron cinco hombres vestidos de blanco y en una operación veloz sedaron a su amigo.




El manicomio


Se hizo conocido en la clínica mental por cubrir cualquier superficie con escritos aborrecibles. Los textos abarcaban grandes extensiones al interior y al exterior de los edificios. Todo espacio debía ser llenado con palabras. Pisos, paredes, techos, lugares insospechados. Y para esto cualquier medio era suficiente. Al principio Amadeo había regalado a Erasmo plumones, crayolas, lápices de color. Pero todo le había sido confiscado al "mudo desquiciado". Los doctores estaban desesperados por el nivel de las obscenidades y su perversión. Era insufrible el contenido de sus citas, que además colonizaban toda superficie visible, cóncava o convexa, grande o diminuta. Y ese despliegue descomponía aún más a los otros lunáticos, los violentaba.


Erasmo había perdido la lengua, en el sentido literal, pero ahora dedicaba todas las horas de vigilia a perturbar con sus mensajes a enfermeros, doctores, pacientes, visitantes. Cuando confiscaron sus herramientas de escritura creyeron así poder frenarlo. Pero todo empeoró, pues recurrió entonces a sus heces, a su sangre, sin descanso. Aún dopado se arrastraba como soldado por los pasillos, imparable en su proeza.


Era escalofriante. Sólo lo contenían con cada vez mayores dosis que lo dormían unas horas. Pero luego retornaba a su manía, como un zombi indestructible.


Amadeo se apiadó de su amigo. Pagó los treinta mil dólares que permitieron enviarlo a una institución en Estados Unidos. Allí lo criogenizaron en vida.


Como debe hacerse.



Resurrección


Pasaron cuarenta años.  Amadeo, casi por curiosidad, decidió revivir a su compañero. Sería sólo el cerebro insertado a un cuerpo robótico. Comprobaría así si esa mente había podido calmarse. Consultó con un médico ciborg que analizó los sesos y recetó una medicina para nivelar las insuficiencias de aquel ser endemoniado.


Amadeo reflexionaba que lo peor que podría ocurrirle es ser el culpable de la creación de un androide imbatible con el cerebro enfermo de Erasmo. Debía evitarlo para prevenir desastres que superaran a todas las calamidades pasadas. Lo que quizá debía hacer, pensó, es darle un cuerpo inofensivo, del tamaño y con la fuerza de un niño de cuatro años y la agilidad de un anciano de cien.  El cerebro estaría así contenido por las limitaciones de su recipiente.


Tocaron la puerta, era el encargo ansiado. Dos robots adultos, con publicidad de gaseosa en sus pechos, traían a Erasmo.  Cada uno sostenía una mano. Y Erasmo habló y dijo:


-He podido observar que el mundo ha cambiado. Yo también he cambiado, he madurado. Y ahora prometo ser un ser civilizado- dijo aquel niño aparente de cuatro años, de modelo pelirrojo y con pecas en el rostro. Todo en él se veía natural, salvo la madurez que comunicaba al hablar. Amadeo sonrió, satisfecho, e hizo un gesto de aprobación. Los custodios hicieron una venia y se retiraron.


Erasmo fue directo al escritorio.  Se arrodilló en la misma alfombra persa, en el lugar exacto que identificó por la mancha de su sangre y comenzó a rezar.


-Déjate de huevadas-, le dijo Amadeo. -Si vas a vivir en esta casa debes nutrirte de otras visiones del mundo.  El problema mayor en tu vida ha sido que sólo leíste un libro, y con una vehemencia psicopática-.


Erasmo bajó las manos de la posición de rezo y de pronto comenzó a sentir algo muy extraño. Era la interferencia del Wifi de la casa que se conectaba con su consciencia. Amadeo notaba alguna perturbación en su amigo, pero no podía precisarla.  Entraron otros robots, los criados de la casa, y llevaron a Erasmo al cuarto que le habían preparado. Era una habitación en una cabaña al lado del jardín. Lo dejaron recostado en su cama.


Nadie sabía que Erasmo empezaba a absorber millones de terabytes por segundo. En doce horas había actualizado su cerebro y leído todo lo que había por leer en internet. Pero no se levantaba. Además, su cuerpo ciborg no necesitaba comer. Tampoco dormir: lo de la cama era una costumbre con la que Amadeo esperaba humanizarlo.  Sin embargo Erasmo podría permanecer de pie y despierto durante años, si así lo quisiera.


Amadeo estuvo dedicado a su biblioteca esos siguientes días, y casi no salió del estudio. Se olvidó de su amigo. Erasmo empezó a decodificar claves de acceso a sistemas privados. Quebraba los códigos. Se conectó con antiguos colaboradores del hampa. Algunos de ellos, tirados en algún lugar del planeta, con cuerpo de robot, ejercían el crimen con sus mentes conectadas a la web.


Su pasado le ayudó a contactarse en muy breve tiempo con una red criminal impresionante.  Eran malosos de la vieja escuela conectados a un potencial de devastación ilimitada. Todos yacentes, en todo tipo de contenedores para sus sesos. Algunos tenían las versiones piratas, las más caseras, hechas usando pedazos de chatarra, a modo de Frankenstein. En otros casos no utilizaban un cuerpo sino toda una habitación hacinada de cables, tubos, ventiladores, pedazos de computadora y, al centro del recinto, el cerebro flotando en un recipiente con protuberancias extendidas a la manera de un pulpo.


Amadeo leía despreocupado en su escritorio.  Al lado tenía una taza de café bien cargado y humeante. Disfrutaba esos momentos de paz. Pocos años antes había vendido la compañía, los rusos le ofrecieron una suma que no pudo negar. Desde ese entonces se había dedicado a escribir cuentos para sí mismo. Su máxima recompensa era el propio placer del proceso de la escritura. Los fines de semana se sentaba en la terraza al lado del jardín, y abría una botella de su cava de vinos. Siempre acompañado de alguna amiga del pasado, y por qué no, de alguna sexy robot.


Así transcurrían sus semanas, meses y años. Mientras tanto, en la cabaña de al lado, Erasmo negociaba el control de ojivas nucleares con un grupo disidente iraní. Se había hecho billonario en criptomonedas en pocas horas en el negocio de pornografía ciborg. Los robots del mundo consumían este tipo de material, y se había producido un sistema de adicción y explotación. Era un algoritmo complejo de captar. Pero Erasmo lo entendió de manera exitosa para su negocio. Con ese capital compraría las armas de destrucción masiva y con este armamento algo haría. Su cerebro afilado aún estudiaba todas las posibles variables y sus beneficios respectivos.


Amadeo se acordó de su vieja amistad y decidió buscarlo. Cruzó el jardín y en la puerta de la cabaña dijo, a media voz: -Erasmo, ¿cómo sigues? ¿Qué haces?-.


Al no escuchar respuesta empujó levemente la puerta y vio a ese crío pelirrojo, pecoso, inocente, descansando. Insistió:


 -¡Erasmo, no se te ocurra hacer pendejadas!-.


El pequeño abrió los ojos y con un tono dulce habló.


-Amadeo, qué agradable sorpresa. Estoy tranquilo, simplemente reflexionando sobre la vida.


Amadeo cerró la puerta y, rascándose la cabeza, cruzó de vuelta el jardín, arrepentido de haber interrumpido ese reposo.


Erasmo cerró el trato con los iraníes. Los misiles nucleares que había obtenido se encontraban en un satélite que en ese preciso instante atravesaba el Océano Pacífico con dirección a Sudamérica. "Ésta es mi oportunidad" pensó.


Orientó las coordenadas a su cabaña y gatilló.


FIN