JAIME MIRANDA
     


 


BASTIÓN


Jaime Miranda Bambarén



Chatwyn ofrendó media sonrisa, y al guiñar el párpado de un ojo palanqueó el cerebro del joven. –hacer historia- dijo.  Su voz terrosa, tartamuda, el cabello blanco ceniza, un saco, camisa blanca. Alfred sufría esquizofrenia y la medicación había eliminado por completo las alucinaciones y las voces durante la vigilia y el pensamiento incesante, galopante, como combazos en su cráneo de filigrana. Todo había quedado atrás y había volcado su demencia creativa en la rotunda proliferación de mitos contemporáneos. Filmaba poseído y escribía agitando el escritorio debajo del teclado. Chatwynn le daba las pistas en ese momento. El tormento de años anteriores habían generado la resistencia necesaria para la condensación psíquica necesaria. La resistencia crea crecimiento. Las capas de lecturas, una sobre la otra, estratificadas jamás se revelaban por completo. Era un joven de pocas palabras. Pero buscaba la historia en la acción sobre el granito de la realidad.  Esculpir y perforar el umbral de lo cotidiano torciendo las llaves indicadas.


Oxford contuvo esos meses algunas ideas aleatorias y las unió, enlazándolas en una arqueología del ser. Las palabras se simplificaban, el silencio ganaba terreno al interior de la caja craneal y el sentido aumentaba. Aquellas figuras totémicas en el Pitts River Museum habían sido dispuestas en el espacio por Dios. Un orden inusual, que no respondía a la lógica de la clasificación tradicional, sino a una organicidad más bien abierta, poética, tan libre como el pensamiento.  “Our heads are round so our thoughts can change direction” ––“nuestras cabezas son redondas para que nuestros pensamientos cambien de dirección”–– leyó en una robusta placa de bronce firmada por Francis Picabia.  Retuvo esos objetos en su imaginación y los asimiló como objetos que eran estaciones externas de su psique.


Chatwyn le explicó que lo más importante en el proceso de la creación de un objeto o imagen, era saber cuándo parar. Esto lo comanda la intuición. No decir de más. Detenerse, seguir, detenerse. Colonizar la psique de los demás es un poder que sólo ocurre con el dominio de este juego. Una, dos, tres palabras. Te detienes. Un tiempo después sueltas una imagen. Pero todo elegido con sobriedad. El juego se vuelve perverso. La colonización psíquica pasa a ser una violación psíquica irreparable con tus enemigos. La tarea es conquistar. El campo de batalla es la caja craneal de todo lo humano. Todo lo humano que posee de mirada y de alguna estratificación de sentidos condensada. Digna de la poesía de Dios. Chatwyn no articulaba toda esta información, la emanaba con su presencia, la transpiraba.  Todo él clamaba que tenía un llavero en uno de los bolsillos de su traje gris. Esas llaves abrían lo histórico. El lenguaje era muscular, escultórico, esculpía, escupía y tartamudeaba lo mítico. Como un padre tótem engendrado por la copulación entre piedra y madera.


Amar la imaginación significa protegerla. Éste es nuestro único bastión. No hay más. Guarecerla, nutrirla como a una bestia, con kilos de cruda carne, hierro y sangre. Pero protegerla como a un pozo de agua sin contaminar. El lago debe mantenerse calmo para proyectar las nubes en la piel de su superficie, donde insectos caminan como si de un gran mármol se tratase. Amar a la imaginación significa crear en silencio ocultándoselo a Dios.


Tecleaba como si del tercer testamento bíblico se tratase. Entendió de inmediato que éste era el oficio más libre. Tenía todo en la punta de los dedos. El joven y su imaginación galopante y robusta. Los sonidos de las campanadas invadían su habitación. La arquitectura tradicional y la contención de la etiqueta inglesa proporcionaban el marco, la estructura externa necesaria, para el caos de la creación. Pero una visión invadió su cuerpo.  Cogió un avión, dos, tres, y llegó a la selva tropical.


El método debía ser absorbido en su caja craneal como catedral del saber. Ahí estaría todo aquello que cualquier ser buscara. La biblioteca de Alejandría en una nota musical. Las preguntas eran en sí mismas las respuestas, torrentes de sangre y verbo desenfrenado. Se dijo a sí mismo que siempre fue paleolítico, y se sentía bien así. Todo mejor así. Atemporal junto al fuego.


Buscaba aislarse de las fragmentaciones. De informaciones dinamitadas por la radiación terrorista de la tecnología. Data que arremete en la psique de sus enemigos y los vuelve brutos, obsoletos, dispersos. Buscaba concentrarse. “¿Es acaso necesario algo más aparte de la sangre que corre por mis venas?” se preguntó. Mis músculos poseídos por el verbo cafeinado que busca condensarse aún más. Afirmarse en la vida. No hay nada más. Nada más. Este momento lo es todo.


Al llegar a la selva desempolvó la caja guardada debajo de la cama de aquella habitación. La bisagra rechinó al abrirla. Ahí estaban las fotografías. Eran las únicas tres imágenes que registraron el evento. Aquello fue lo más fantástico que jamás presenció y él tenía la única prueba.  Las metió a su bolsillo.


Se pidió dos cervezas en el malecón de Iquitos. Se sentó.  Estaban calientes. No las tomaría. Se sirvió dos vasos y cada cierto tiempo chorreaba cerveza en la vereda. Al cabo de una hora acabó las botellas y pidió dos más. Pasó así hasta entrada la madrugada. No bebía, pero daba de beber a la realidad. Quería él emborrachar al mundo para posicionarse en situación de ventaja frente a Dios. Partiría en lancha antes de salir el sol. La selva debía volverse su versión más débil y borrosa.


Él entraría para quebrarla.

 

 


BASTION

Jaime Miranda Bambarén

Chatwyn gave us a half smile, he winked an eye pushing the young man’s brain - To make history- He said. His earthy and stuttering voice, his white ashy hair, a jacket, and a white shirt. Alfred had schizophrenia and the medication had completely eliminated the voices in his head and his hallucinations during waking hours at night as well as the non stop thinking that would strike his head like a sledge hammer. That was all behind him and he had tipped over his creative madness towards rotund proliferation of contemporary myths. He would film like being possessed by the devil, rattling the desk under his keyboard while writing. Chatwynn gave him the clues at that point. The torment of the previous years had generated the necessary resistance for the adequate psychic condensation. Resistance creates growth. The layers of interpretation, one on top of the other, would never reveal themselves completely. He was young and of few words. But looking for history through acting onto the granite of reality. Sculpting and piercing into the threshold of daily life by turning the right keys. 

Along those months, Oxford contained some random ideas and joint them together through an archaeology of living. Words became simpler, silence grew inside the skull and sense increased. Those totemic figures at the Pitts River Museum had been placed in that space by god. In an unusual order, one that didn’t respond to the logics of traditional classification but to a more open, organic and poetic way, as free as the act of thinking.“Our heads are round so our thoughts can change direction” –– Read the robust bronce plaque signed by Francis Picabia. He kept those objects within his imagination and he assimilated those objects as stations outside his psyche.

Chatwyn explained that what it’s most important in the process of creating an object or image, is knowing when to stop. This is commanded by intuition. To not say anything else. To stop, to keep going, to stop. Colonizing other peoples psyche is a power that only comes through the mastering of this game. One, two, three words. You stop. You release an image a little after. But everything chosen with sobriety. The game is perverted. The psychic colonization becomes and irreparable psychic violation with your enemies. The task is to conquer. The battlefield is the craneal box of all that is human. All that is human and possesses a gaze and a condensed stratification of the senses. Worthy of God’s poetry. Chatwyn didn’t articulate all of this information, it would emanate from his presence, he transpired it. He claimed he had a keychain in one of the pockets of his gray suit. Those keys would open history. The language was muscular, sculpture like, he would sculpt, spit and stutter myths. Like a totem parent begotten by the copulation of wood and stone.

To love imagination is to protect it. It’s our only bastion. There’s nothing else. To protect it and nourish it like a beast, to feed it with tons of raw meat, iron and blood. To protect it like a well of uncontaminated water. The lake must be calm so the clouds could be projected on the skin of its surface, where the insects walk as if they were walking on marble. Loving imagination means creating in silence and hiding it from God. 

He would type as if he was writing a biblical text. He immediately understood there was not a craft with more freedom than that one. He had everything at the tip of his fingers. The young man and his marching and robust imagination. The sounds of bells invaded his room. Traditional architecture and the contention of British etiquete provide the necessary context for the chaos of creation. But a vision invaded his body. He got one a plane, then on another one and another one, and got to the jungle.

The method had to be absorbed by his craneal box as a cathedral of knowledge. There would be anything anyone could look for. The whole library of Alexandria in a single musical note. The questions were at the same time the answers, torrents of blood and unconfined words. He told himself that he had always been Palaeolithic, and was fine with that. It was all better that way. Timeless while next to the fire.

It looked to isolate himself from fragmentations. Of information dynamited by technology’s terrorist radiation. Data that attacks the psyche of its enemies making them brut, obsolete and disperse. Looking focus. “Is anything other than the blood from my veins really necessary?” He asked himself. My muscles, possessed by the caffeinated words that seek further condensation. To get established in life. There is nothing else. Nothing else. This moment is everything.


When he got to the jungle he took the box he had gathering dust hidden under the bed. Its hinges sealed when it opened. The photographs were there. Those were the only three images of the event. That was the most fantastic thing he ever saw, and he had the only proof. He put it in his pocket.

He ordered two beer at Iquitos pier. He sat down. They were warm. He wouldn’t drink them. He poured two glasses and every few minutes he would spill some of it onto the ground. After an hour he had gone through both bottles and he asked for two more. He stayed like that until late at night. He wouldn’t drink, but he would make reality drink. He wanted to make the world drunk so he could be in a better position than God. He left on a boat before the sun came out. The jungle was at its weakest and most blurry version.

He would enter it to break it.